martes, 17 de octubre de 2017

"Beso a beso", canción interpretada por EZEQUIEL PEÑA HERNÁNDEZ (MÉJICO, 1968-- d.n.e.)

Canción de ABELARDO FLORES que apareció en el album "El de Nayarit", de Ezequiel Peña, de fecha 2005  d.n.e.



Quise comprarte un vestido que ayer vi,
y al preguntarme por tu talla contesté:

—«De sus medidas no me acuerdo,
mas tengo datos que en el alma me grabé,
a la que quier,o tanto tiempo he disfrutado,
de sus medidas solo en besos me las se.

Son veinte besos de su mano hasta su cuello,
son ciento treinta desde el cuello hasta sus pies,
noventa besos es lo que mide su pecho,
de su cintura son tan sólo veintiséis,
de su cadera, la verdad que no me acuerdo...,
siempre me pierdo cuando llego a ochenta y tres».

—«Hoy con mis labios otra vez vine a medirte.
Hoy beso a beso quiero recorrer tu piel,
y aunque hoy no pude regalarte ese vestido,
quiero besarte como ayer y como "antier".
Y cuando notes que al medir pierdo la cuenta,
hazme una seña y comencemos otra vez.

Y si notas que me pierdo, ¡avísame "mi'ja"
y empezamos de nuevo!».

...« Son veinte besos de su mano hasta su cuello,
son ciento treinta desde el cuello hasta sus pies,
noventa besos es lo que mide su pecho,
de su cintura son tan sólo veintiséis,
de su cadera, la verdad que no me acuerdo...,
siempre me pierdo cuando llego a ochenta y tres».

—«Hoy con mis labios otra vez vine a medirte.
Hoy beso a beso quiero recorrer tu piel,
y aunque hoy no pude regalarte ese vestido,
quiero besarte como ayer y como "antier".
Y cuando notes que al medir pierdo la cuenta,
hazme una seña y comencemos otra vez.



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Enlace recomendado: Puedes escuchar la canción pinchando AQUÍ, en voz de Ezequiel Peña
 
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lunes, 16 de octubre de 2017

"Leonora Mildenburg y Gustav Klimt", de CARMEN TORRES RIPA (ESPAÑA, 1945-- d.n.e.)

Fragmento perteneciente al libro "Leonora", de fecha 2000  d.n.e.



Viena, 3 de mayo de 1917.

«Con Klimt he sido otra mujer distinta. Nada que ver con la seria alumna del Conservatorio y la recatada novia de Ernst. Me evadía del mundo real y su compañía me alejó definitivamente de Ernst. Gustav Klimt y yo hablábamos el mismo idioma. Me costaba pensar —aún no lo consigo— en sus 50 años. La diferencia de edad dejaba de existir cuando en nuestra conversación surgía el tema de la belleza y el arte. Los cuadros transmitían con facilidad su pensamiento. Y en ellos la música adquiría presencia y cuerpo pictórico. Un día me confesó que Mahler le había ayudado a componer los colores de su paleta con los sonidos. Fue con parte de sus consejos como hizo realidad el friso Beethoven, un mundo fantástico que llegué a comprender con su cercanía.

Klimt me hizo nadar en los cuadros como el mis sueños de niña. Flotaba en el aire mientras mi cuerpo perdía peso y se tornaba ingrávido. En su estudio me despojaba de mi identidad de Leonora para entrar a formar parte de una ceremonia mágica que hacía correr mi sangre y que me turbada la piel. En el estudio de Klimt guardaba la música en el alma a la vez que me convertía en pura carnalidad.

Me dejé peinar por él, desnudar y vestir. En sus brazos me sentí como una muñeca de trapo. Fui lo que quiso que fuera. Al principio me avergonzaba cuando me hacía adoptar extrañas y provocativa posturas, después medio igual, como si mi cuerpo hubiera dejado de pertenecerme. Y de alguna manera es verdad, lo repartió en infinidad de cuadros y apuntes, ya no es mío. Tendida en un brocado soñaba lo que luego, en la noche de mi cuarto, convertiría en música. Estaba embriagada, en un trance de inspiración contenida, como si la Leonora que en se amoldaba a los gustos del pintor fuera otro ser ajeno a la Leonora que en el mismo momento veía en el aire las notas de música ya escritas en el pentagrama. Mi música no podría existir sin Gustav. Carecería de sentido. Él impregnó mis estudios de brillo y sonoridad. Los 'glissandos' más rápidos que ejecuté sobre el piano sólo los pude escribir recreando los dedos de Klimt sobre mi cuerpo. Descubrí la pasión. Dejé de ser virgen así, en un éxtasis embriagador. Klimt empezó a recorrer mi cuerpo con suaves besos que me hacían cosquillas en los nervios más íntimos, sus ojos me miraban extraviados y me abandoné a un murmullo de sensaciones nuevas y deliciosas que fueron cambiando mi comportamiento sereno. Las piernas me empezaron a temblar, no podía controlar los espasmos que envolvían con urgencia mi vientre, mis brazos, mi pecho. Me aferré con terror al cuerpo que descendía rígido y enloquecido sobre mi, y apreté los músculos sin saber que algo nuevo ocurría.

No sentí dolor, ni tan siquiera sorpresa. La piel rebosaba de una calma nueva, mientras la inundaba un calor húmedo y dulce como sudor de verano. Me entregué al placer sin reservas. Floté en el cielo que había llenado de nubes mi infancia y me dejé llevar para luego ver es instante de placer en la cara de una diosa mitológica griega. En el lienzo Gustav me convirtió en Danae, con una lluvia de vida derramada en el vacío, y él, transfigurado en Zeus, en la parte de esa lluvia.

Me fui transformando a su gusto y desde que me conoció fui todas las mujeres de los cuadros que pintó. Todas eran Leonora. Mi pelo rojo alguna vez cambió de color para adaptarse al personaje que nacía nuevamente con mis ojos. Conocía con precisión cada rincón de mi cuerpo, me hizo gozar hasta la locura mientras hacía apuntes rápidos y alcanzaba el clímax del placer. Conseguía que la más grotesca de las sensaciones alcanzara la pureza máxima en el lienzo.

Poco a poco fue prescindiendo del oro y su trazo se hizo más nebuloso, rápido y escuento. Entré en su mundo pictórico cuando dejó el romanticismo anterior y su inspiración se llenó de erotismo. Su nuevo concepto del arte le había hecho admirar a Toulouse Lautrec, a Matisse, pero nunca dejó de recordar los colores barrocos y dorados de su amada Venecia. Yo que tanto admiraba 'El beso' de Rodin, fui en las manos de Klimt la mujer en colores de ese beso. Mientras sus labios entraban en mi boca y su cuerpo se pegaba al mío, él iba viendo el resultado final del cuadro. Lentamente, cuando recobraba la cordura, el placer del beso se hacía quieto, bello, distante, y el hombre se convertía en el segundo protagonista de la escena. Un hombre que casi siempre era él. Sus manos fuertes sujetaban mi cuerpo lánguido, su cabeza, normalmente oculta, se llenaba de hojas de hiedra. Hojas que repetía en sus paisajes cuando en verano se iba al lago Atter o al lago Garda. Allí, en una barca rodeada de limpias aguas, pintaba.

Cierta vez lo acompañe unos días. Me tendía en el interior de la barca desnuda, y mientras el sol rozaba mi cuerpo él pintaba casas llenas de enredaderas. No me dejaba levantar. Sin ropa hubiera escandalizado a los lugareños. A veces no le hacía caso y me zambullía en el agua. Así me dibujó más de una vez, flotando en el lago con el pelo revuelto como una medusa. (Esa sensación acuosa, libre, ingrávida y fría, cristalizó en la composición 'Juegos de agua', un estudio para dos pianos que, cada vez que lo tocó con Hans, me recuerda el lago Atter, mi infancia y el agua resbalando por mis brazos).

Gustav me decía que los paisajes le permitían descansar. En sus paisajes hay multitud de hojas, flores, caminos barrocos, son espacio rebosantes done el cielo no se adivina. Me gustan porque son terrenales y fantásticos. Abigarrados y serenos. Klimt consigue contrastes disonantes como en la música. Acordes extraños que producen desasosiego y dulzura».


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domingo, 15 de octubre de 2017

"Tríptico mítico. I", de ANTONIO PÉREZ PIERRET (PUERTO RICO, 1885-1937 d.n.e.)

Poema perteneciente al libro "Bronces", de fecha 1914  d.n.e.



Entre los Pandavas, postrados de hinojos,
tejiendo la danza giras lentamente,
bajo el claro palio del cielo de Oriente
que irisa la noche de tus negros ojos.

Los sacros bracmanes sufren tus antojos
febriles y extraños de indiana serpiente,
y, ebria de deseos, en la lucha ardiente
por gustar la pulpa de unos labios rojos,

el velo te arrancas y surges desnuda,
y, cuando tus ansia de amor les arredra,
imploras a Krichna la cálida ayuda

lamiendo lasciva su rostro de piedra,
y al busto del ídolo tu carne se anuda
como a viejo tronco sarmentosa hiedra.


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sábado, 14 de octubre de 2017

"Gentil señora, vénzaos la humildad", de CERVERÍ DE GIRONA (ESPAÑA, c. 1259-c. 1290, d.n.e.)



Gentils domna, vença.us humilitatz
del vostr'amic que faitz morir languen;
per qu'eu vos prec que.l baysetz douçamen.
E ja non er dans ne tortz ne pecatz,
ans seria mager tortz, ço sabjatz,
s'el moria; c'un bays no.us costa tan
con vostr'amics a cels qui noyrit l'an.

Per Deu, fila, no.us sera malestan
si retenetz vostr'amic en baysan.

Gentil señora, vénzaos la humildad
de vuestro amigo, a quien hacéis morir languideciendo;
os ruego que le beséis dúlcemente.
Y no habrá daño en ello, ni falta ni pecado,
pues sería mayor falta, eso sabedlo,
que él muriese; pues un beso no os cuesta tanto
con vuestro amigo
, como a los que lo criaron.

Hija, por Dios, no os será deshonroso
si retenéis a vuestro amigo al besarlo.


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viernes, 13 de octubre de 2017

"Flor de carne", de FÉLIX DE CÓRDOVA DÁVILA (PUERTO RICO, 1878-1938 d.n.e.).

Poema publicado en la revista "Juan Bobo" , de fecha 1917  d.n.e.



En sus contornos de mujer pagana
se confunden en bello maridaje,
sus perfiles de virgen otomana
y las ceñidas curvas de su traje.

Por el sutil y delicado encaje
su busto anuncia floración temprana,
como una rosa espléndida y lozana
que se quiere ocultar tras el ramaje.

Así crece y se expande su hermosura
bajo la gasa y la ajustada seda
pugnando por romper su ligadura.

Y mientras duerme silenciosa y queda,
un cisne rememora allá en la altura
la misteriosa seducción de Leda


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jueves, 12 de octubre de 2017

"Yokanan" de ANTONIO NICOLÁS BLANCO (PUERTO RICO, 1887-1945 d.n.e.).

Poema perteneciente al libro "Plumas amigas", de fecha 1912  d.n.e.



¡Oh Juan!, poeta bíblico, con tu melena lacia,
tu rostro melancólico y tu mirar de sol,
a la princesa altiva de regia aristocracia
el alma le encendiste de aciago resplandor.

Un ósculo vibrante de indómitos anhelos,
tus labios le negaron con místico desdén,
bailó la danza lúbrica, vistiendo siete velos
en la embriaguez sublime de sangre y de placer.

Y en premio al juramento del pálido Tetrarca
desprecia los joyeles miríficos del arca,
exige tu cabeza de símbolo fatal...

La mira, la acaricia, se burla de los sabios,
y el ánfora divina de tus divinos labios
vibró bajo el azote de un beso terrenal.



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miércoles, 11 de octubre de 2017

"Del beso y el amor", en "Crónica de Don Mexiano de la Esperanza, Caballero de la Fe", de MIGUEL DAZA (ESPAÑA, s. XVI d.n.e.)

fragmento perteneciente al libro "Crónica de Don Mexiano de la Esperanza, Caballero de la Fe", de fecha 1583  d.n.e.




«Así naturalmente alcancó uno de los fines y no el menos procurado del amor, según dicen [Ambrosiusl es transformarse el un amante en el otro, el que ama, porque hablemos más claro, en la cosa amada, y emprimir hermosura en ermosura según algunos dizen [Platon, Fedro, e De amor] para d'esta manera hacer que se conserbe la hermosura en la especie, ya que no se puede conserbar en el indibiduo. Y como para este trueque e junta son menester las visagras y lacos que los bayan juntando, buscan los amantes partes por donde más se comuniquen, no sólo lo que es corporal, mas aún lo spiritual y digno qu'es el alma. Y como la boca no sólo es dulce y tierna por fe del cuerpo, mas juntamente por ella salen aquellas palabras y anélito que son [***] como vestiglios del alma; y con aquel toque no sólo se muebe a dulcísimos deleites de amor, más juntamente siente avrirse una puerta a las almas de los dos amantes, las cuales traídas por un deseo de juntarse, la una con la otra, y así por allí se traspasan y trasportan por su beces conformes, y tan vien la una en el cuerpo de la otra; y de tal manera se enbuelben en uno que cada cuerpo de entramos queda con dos almas y casi un ánima compuesto de las dos gobierna y rige dos cuerpos. Y por esto el beso es ayuntamiento no sólo del cuerpo, mas también del alma; y como tal es deseado de los que se aman, porque mediante él se hace aquella junta que en casos de amor es tan deseada.

-O, prima, mil cosas por vida suya le preguntaría sino que noto que luego se me mete en unas filosofías que, aunque son verdaderas y agudas, son punosas para en conbersación tan llana como la que tratamos, que en mi berdad que me a contentado la racón estrañamente, mas es menester para vien entendella un comento, como Aley de Sulpicio; y aquí entre nosotras más llaneca y menos agudeca bastaría. [...]

-Ca, ca, mi señora Belisandra, no más que parece que baya a sangrar ella la respuesta. Pasemos con él vien adelante y diga vuestra gracia que más pasaron en la escalera.

-Pues a fe que pone el autor, -dixo Belisandra-, un entremés de amor vien gracioso, que puso allí y, aunque gasta el contallo tres o cuatro capítulos; y fue que como así un ratico estuviesen abracados los amantes gocando de aquella gloria que por el beso se les comunicaba, trabados en las manos, se quedaron así asentados en el escalera mirándose el uno al otro por más de dos oras de espacio.

-Prima mía, -dijo Lacerisa-, perdóneme lo que le dixe denantes y por vida suya, ¿qué es la causa d'essos raptos y suspensión en los amantes? Que a mí paréceme que tras tal cossa con quien vien quisiesse, que en parlar o en otras cosas pasaría el tiempo mío en estarme así cerca [***] mirando a quien vien quiero.

-Pues me torna, vuestra gracia, a mandar que haga lo que no es de mi facultad. [...] Sólo diré, y si fuere prolixa vuestra gracia me dirá [***], y así para saber lo que vuestra gracia desea se á de suponer que amor no es otra cossa, según la difinición de los sabios antiguos, sino un deseo de goçar lo que es hermoso; y porque el deseo nunca codicia sino lo que conoce, es necesario que el conocimiento sea siempre primero qu'el deseo; el cual naturalmente ama lo que es bueno [...]. Dios á ordenado la cosa d'esta manera: que cada virtud, cuyo oficio es conocer, tenga por conpañera otra virtud, cuyo oficio es codiciar; y porque en nuestra alma ay tres formas de conocer, es, a saber, por el sentido, por la racón, por el entendimiento, del sentido nace el apetito, el cual es común a los hombres y a las vestías; de la racón nace la eleción, que es propia del hombre; y del entendimiento, por el cual puede el hombre participar en los ángeles, nace la boluntad, de manera que, como el sentido no conoce sino cosas sensibles, así tanbién el apetito no codicia sino las mismas; y así como el entendimiento no tiene ojo sino a las cosas inteligibles, así la boluntad no alcanca otro mantenimiento sino los bienes del spíritu. El honbre de natura racional, puesto como medio entre estos dos estremos, puede, [...] inclinándose al sentido o lebantándose al entendimiento, llegarse a los deseos agora de una parte, agora de otra; pues supuesto esto, igual objeto del amor es lo hermoso, aquella hermosura que se contenpla en el rostro de una dama o en las buenas partes de un caballero, lo cual todo demana de Dios, así en estas como en todas las demás criaturas estendiéndose sobre todas ellas como los claros rayos del sol [...]. Pues como el sentido conoce aquello que su objeto, qu'es lo corporal y sensible, biene luego el apetito a desear aquella cosa corporal por el sentido conocida; y como el entendimiento pasa a las cosas espirituales deseando estar de ellas a la boluntad, biene la racón con una tuerca de amor a confirmar estos dos estremos [...]. Un día que en la cosa amada el sentido y el entendimiento alien sus objectos y [***] siguiente el apetito y la boluntad, y con una complacencia que el alma tiene de haber aliado tan agradable objecto está mantiniendo la boluntad de las cosas spiritualiçadas y el apetito de las sensibles, que tiene presentes, y con esto enpleado el alma con el deseo de la trasformación se suspende y arroba de suerte que cesan todas las operaciones que no sea aquello y así está el alma como si dixésemos en una gloria de amor, goçando de aquel mantenimiento para ella tan sabroso; y ésta es la causa del estarse suspensos los amantes, obrando solas las almas y zesando las conjúrales operaciones que la pueden estorbar.

-A fe, prima mía, -dijo Laucerisa-, que es muy buena la racón, mas algunas réplicas se me ofrecen, mas quiéralas dejar por no enfadalla». (ff. 102r-v).


Lucía Megías, José Manuel (ed.). Antología de libros de caballerías castellanos. Alcalá de Henares: Centro de Estudios Cervantinos, 2001, pp. 325-327.


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martes, 10 de octubre de 2017

"Si tus ojos de miel", de CAYO VALERIO CATULO (ANTIGUA ROMA, h. 87 a.d.n.e. - 57 a.d.n.e.).



Si tus ojos de miel, Juvencio,
me permitieran sin fin besar,
los besaría trescientas mil veces

y nunca me sentiría colmado,
ni si más prieta que las secas espigas
fuese la cosecha de nuestros besos.


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lunes, 9 de octubre de 2017

"La calera", de RAFAEL ALBERTI MERELLO (ESPAÑA, 1902-1999 d.n.e.).


Calera que das cal,
píntame de blanco ya.
Pintado de blanco, yo
contigo me casaría.
Casado, te besaría
la mano que me encaló.

Calera que das la cal,
píntame de blanco ya.
Me casé con cal-y-nieve
y ya mi boca encalada
tan sólo a besar se atreve

su alba mano blanqueada.

Calera que das la cal,
píntame de blanco ya.
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domingo, 8 de octubre de 2017

"Capítulo V: El Jardín Perfumado" de JEQUE NEFZAQUI (ABU ABDULLAH MUHAMMAD BEN UMAR NAFZAWI) (TURQUÍA, siglo XV d.n.e.)

Fragmento perteneciente al libro "El jardín perfumado, para el deleite del corazón", de fecha 1535  d.n.e.



Capítulo Cinco.


...No te unas con una mujer sin antes haberla excitado con caricias y juegos eróticos, y entonces el placer será recíproco.

Es aconsejable que se estimulen mutuamente antes de que introduzcas tu dekeur (pene) en la keuss (vagina). Excítala besando sus mejillas, chupando sus labios y mordisqueando sus senos.

Besa su ombligo y sus muslos y apoya una mano provocativamente sobre su pubis. Muerde sus brazos, y procura no olvidar ninguna parte de su cuerpo. Tenla cerca de ti hasta que ella sienta tu deseo, suspira y enlaza y piernas con los suyos.

Como dijo el poeta:

"Bajo su cuello, mi mano derecha
le sirve como almohada
y mi mano izquierda
la acaricia para llevarla al lecho".

Cuando estés con una mujer y veas que sus ojos languidecen y ella suspira profundamente, es decir, cuando ella desee hacer el amor, deja que ambas pasiones se mezclen y que la lujuria alcance su punto más alto; ése es el momento favorable para el verdadero goce.

Tu mujer experimentará entonces mayor placer, por eso también tu amor será mayor y ella se aferrará a ti. Se ha dicho que:

"Cuando escuches a una mujer suspirar profundamente,
y veas enrojecerse sus labios y orejas,
y languidecer sus ojos; entreabrirse su boca
y sus movimientos hacerse más lentos;
cuando la veas inclinarse como si fuera a dormirse
y bostezar con frecuencia, has de saber
que éste es el momento indicado para el coito.
Si la penetras entonces, el placer será supremo, ]),
que sin duda proporciona el mayor placer a ambos
y ésta es la mejor garantía de que el amor perdurará".

Los siguientes preceptos provienen de un conocedor del arte del amor, y son bien conocidos:

"Tu mujer es como un fruto que sólo rinde su fragancia
cuando se le frota con las manos.
¿No es verdad que la albahaca no da su perfume
a menos que la calientes con los dedos?
¿O que el ámbar, a menos que se le caliente y manipule,
retiene su aroma oculto en su interior?
Lo mismo ocurre con tu mujer.
Si no la animas con travesuras y besos,
con mordiscos en los muslos
y fuertes abrazos,
no obtendrás lo que deseas.
No experimentarás placer cuando ella comparta tu lecho,
y tampoco ella sentirá afecto hacia ti
".

Se cuenta que un hombre, al interrogar a una mujer sobre qué cosas eran las más apropiadas para inspirarle afecto por un hombre, recibió la siguiente respuesta:

"Las cosas que desarrollan amor por el coito
son aquellos juegos eróticos practicados con anterioridad
y el abrazo vigoroso en el momento de la eyaculación.
Créeme, los besos, los mordiscos, el paladeo de los labios,
las caricias en los senos y el beber de la saliva
cargada de pasión... aseguran un afecto perdurable.

Al actuar de ese modo, las dos eyaculaciones
se producen al tiempo y el goce es completo para ambos.
Si ademas entra en acción el “jadeba”
no podrá concebirse mayor placer.
Si las cosas no ocurren de ese modo,
el placer de tu mujer será incompleto y, si sus deseos
no se satisfacen y su “jadeba” no entra en acción,
ella no sentirá amor por su compañero.
Pero cuando el “jadeba” funciona,
sentirá el más violento amor por su amante,

aún cuando se trate del hombre más feo de la Tierra.
Intenta eyacular con ella al mismo tiempo,
pues en ello radica el secreto del amor".

Uno de los poetas más famosos que han hablado del alma y los secretos de las mujeres, relata la siguiente confidencia femenina:

"Oh, vosotros, hombres que buscáis el amor y el afecto
de las mujeres, retozad antes de la cópula.
Preparadla para el goce y no olvidéis nada para ese fin.
Conocedla por cuanto hace y, mientras la amáis,
borrad de vuestra mente cualquier otro pensamiento.
No permitáis que el momento propicio al placer
pase inadvertido: esto sucederá cuando veáis
sus ojos húmedos y su boca entreabierta.
Uníos entonces, pero nunca antes.
Por tanto, hombres, cuando hayáis conducido
a vuestra mujer a la condición favorable,
dadle vuestro “dekeur”, y si os movéis adecuadamente,
ella alcanzará un placer que satisfará todos sus deseos.
No dejéis aún su pecho y que vuestros labios vaguen
por sus mejillas y vuestra espada repose en su vaina.
Tratad ardientemente de excitar su “jadeba”
y así vuestro trabajo será dignamente recompensado.
Si gracias al Todopoderoso, lográis el éxito,
tened cuidado de no retirar vuestro “dekeur”.
Dejad que que permanezca y apure la copa del placer.
Prestad atención y escuchad los suspiros y quejas
y murmullos de tu mujer, pues ellos dicen la intensidad
del placer que le habéis proporcionado.
Y cuando el cese del goce ponga fin a vuestra unión amorosa,
no os levantéis bruscamente.
Retirad vuestro “dekeur” lentamente,
y permaneced con ella yaciendo sobre vuestro costado
en este lecho del placer.
De este modo, todo saldrá bien, y no seáis como aquellos
que montan a una mujer como lo haría un mulo,
sin conceder atención a los principios del arte,
retirándose y aseándose tan pronto como han eyaculado.
Algo tan burdo privará a tu mujer de todo placer
".

Para resumir, el verdadero conocedor del arte de hacer el amor no deberá omitir ninguna de mis recomendaciones, puesto que de su observancia depende la felicidad de su mujer.

¡Alá ha hecho todo esto para que seamos mejores!

"Soy el primero de tus esclavos.
Al llegar la noche,
iré a tenderme junto a tu lecho…
dulce, muy dulcemente."


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